“SON TUS PERJÚMENES MUJER…”

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SON TUS PERJÚMENES MUJER

Toda mujer le atraía. No importaba que fuera jovencita o mayor, gordita o flaca. No podía impedirlo. El olor a mujer llegaba a su cerebro aunque tuviese que abrirse paso entre otros. En el ómnibus era un suplicio ponerse cerca de cualquiera de ellas; al principio trataba de resistir y era invariable: la miraba, abría las aletas de la nariz y dejaba que el olor lo inundara hasta que su insistencia en mirar y su cara, provocaban que la mujer se cambiara de sitio o protestara; así se ganó algunos golpes y una vez terminó en la comisaría. Se computaba un “oledor sexual”.

 

A su chica, porque tenía chica, le hizo gracia al principio y luego se enojó. Él trató de explicarle y procuró fingir cuando salían juntos, pero algunas veces la nariz le jugaba pasadas y volteaba a mirar. Ella siempre argüía que la tenía a ella y no necesitaba a nadie más. Así lo tildó de mirón e infiel encubierto, pero se fue habituando, como otros se acostumbran a los tics.

Se casaron y él procuraba no mirar cuando sentía que la puerta de su olfato se abría, porque aunque Sonia no dijera nada, sabía que en fondo se resentía.

 

Un día el ómnibus en que regresaba a casa chocó violentamente y él se golpeó la cara contra el asiento de adelante. Al llegar le contó a su mujer y por si acaso, se tomó un analgésico.

Desde entonces no volvió a sentir el olor a mujer; en realidad, no volvió a oler nada.

 

 

Imagen: http://www.efeblog.com

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